En una sola mujer descansa la suerte de los pescadores de la isla de Chiloé. Se trata de una sirena conocida como La Pincoya, cuya misión está profundamente ligada a la femineidad: fecundar a todos los seres vivos del mar. Así, la abundancia o escasez de peces y mariscos dependerá de sus bondades. Cuando la Pincoya sale de las profundidades del mar cada mañana y comienza su danza con los brazos extendidos mirando al mar, corresponde al anuncio de que la pesca será abundante. Por el contrario, si baila en dirección a la costa significa que los peces se alejarán. Se supone que esto sucede cuando la sirena ha estimado necesario arrastrar las riquezas del mar hacia otras zonas más necesitadas.
Para que los pescadores sean favorecidos por la Pincoya deben mantener una actitud positiva, alegre y de compañerismo. Además, deben rotar los sitios en donde pescan, ya que el abuso de extracción en un mismo lugar es considerado un motivo de enojo para la Pincoya, quien decide abandonar esa zona dejándola estéril.
Existe también otra versión que la relaciona con una ninfa de cabellos de oro que mediante sus silbidos hacía emerger desde el fondo del mar un tronco de oro macizo sobre el cual peinaba sus cabellos y el que traía prosperidad y abundancia a las costas. Durante las noches entonaba canciones amorosas que embrujaban a quienes las escuchaban.
Todos iban en busca de la Pincoya para pedirle favores, pero repentinamente desapareció del lugar. Se dice que fue robada para impregnar de buena fortuna a nuevas costas.
La Añañuca
La Añañuca es una flor típica de la zona norte de nuestro país, que crece específicamente entre Copiapó y el valle de Quilimarí, en la región de Coquimbo. Pocos saben que su nombre proviene de una triste historia de amor...
Cuenta la leyenda, que en tiempos previos a la Independencia, la Añañuca era una flor joven de carne y hueso que vivía en un pueblo nortino. Un día, un minero que andaba en busca de la mina que le traería fortuna, se detuvo en el pueblo y conoció a la joven. Ambos se enamoraron y el apuesto minero decidió relegar sus planes y quedarse a vivir junto a ella. Eran muy felices, hasta que una noche, el minero tuvo un sueño que le reveló el lugar en dónde se encontraba la mina que por tanto tiempo buscó... Al día siguiente en la mañana tomó la decisión: partiría en busca de la mina.
La joven desolada, esperó y esperó, pero el minero nunca llegó. Se dice de él que se lo tragó el espejismo de la pampa. La hermosa joven producto de la gran pena murió y fue enterrada en un día lluvioso en pleno valle. Al día siguiente salió el sol y el valle se cubrió de flores rojas que recibieron el nombre de infeliz mujer.

Las miles de jovencitas y mujeres que alguna vez quedaron embarazadas sin desearlo y que, además de querer negar su estado, debían ocultar a toda costa la identidad del futuro padre encontraron la salvación y el perdón al adjudicarle la responsabilidad de “tan ajena situación” a un famoso y conocido personaje de la mitología chilena: El Trauco.
Y es que al El Trauco se le conoce como aquel brujo, chico y feo que pasaba sus días encaramado sobre los árboles a la espera de lanzarse sobre alguna de las inocentes jovencitas que daban un paseo por el bosque. Ante la mirada “matadora” del Trauco, las niñas -pese al miedo y las ganas de escapar- se quedaban cautivadas ante sus ojos y caían rendidas ante él, en un profundo y alucinante sueño de amor.
Al despertar, las ya no “tan ingenuas” niñas, al ver sus ropas y sus cabellos, se daban cuenta de que estaban extrañamente desordenados y revueltos. Saben que “algo” ha ocurrido en sus cuerpos y presas del pánico corren a sus casas a dar cuenta a sus padres de que han sido víctimas del “hechizo” del Trauco.
Cuenta la leyenda que el Caleuche es un buque que navega y vaga por los mares de Chiloé y los canales del sur.
Está tripulado por brujos poderosos, y en las noches oscuras va profusamente iluminado. En sus navegaciones, a bordo se escucha música sin cesar. Se oculta en medio de una densa neblina, que él mismo produce. Jamás navega a la luz del día.
Si casualmente una persona, que no sea bruja se acerca, el Caleuche se transforma en un simple madero flotante; y si el individuo intenta apoderarse del madero, éste retrocede. Otras veces se convierte en una roca o en otro objeto cualquiera y se hace invisible.
Sus tripulantes se convierten en lobos marinos o en aves acuáticas.
Relatan que los tripulantes tienen una sola pierna para andar y que la otra está doblada por la espalda, por lo tanto andan a saltos y brincos. Todos son idiotas y desmemoriados, para asegurar el secreto de lo que ocurre a bordo.
Al Caleuche, no hay que mirarlo, porque los tripulantes castigan a los que los miran, volviéndose la boca torcida, la cabeza hacia la espalda o matándole de repente, por arte de brujería. El que quiera mirar al buque y no sufrir el castigo de la torcedura, debe tratar de que los tripulantes no se den cuenta. Este buque navega cerca de la costa y cuando se apodera de una persona, la lleva a visitar ciudades del fondo del mar y le descubre inmensos tesoros, invitándola a participar en ellos con la sola condición de no divulgar lo que ha visto. Si no lo hiciera así, los tripulantes del Caleuche, lo matarían en la primera ocasión que volvieran a encontrarse con él. Todos los que mueren ahogados son recogidos por el Caleuche, que tiene la facultad de hacer la navegación submarina y aparecer en el momento preciso en que se le necesita, para recoger a los náufragos y guardarlos en su seno, que les sirve de mansión eterna.
Cuando el Caleuche necesita reparar su casco o sus máquinas, escoge de preferencia los barrancos y acantilados, y allí, a altas horas de la noche, procede al trabajo.
No era un pueblo, no podía serlo, se trataba sólo de un pequeño número de casas agrupadas a la orilla del mar, como si quisieran protegerse del clima tormentoso, de la lluvia constante, de las asechanzas que pudieran venir de la tierra o del mar.
Para los hombres que allí vivían, Chiloé, la Isla Grande, era un continente casi desconocido; Queilén y Chonchi quedaban lejos, sólo se navegaba a ellos de tarde en tarde para vender el producto de la pesca; Castro aparecía como una ciudad remota; la esperanza de algunos jóvenes era llegar hasta ella y ahí quedarse o partir para rumbos más distantes, pero esto aparecía como un sueño, como una quimérica ilusión.
Había cultivos en los campos más allá de las casas, sobre todo papas, avena y hortalizas. Algunos vacunos y bastantes ovejas se veían en rústicos corrales, pero principalmente la actividad de todos, el ritmo de la vida, estaba determinada por el mar.
Las mujeres hilaban ellas mismas la lana y tejían frazadas y ponchos, mantas y choapinos. De tiempo en tiempo las piezas que no eran necesarias para el uso del poblado eran vendidas en Chonchi o a las lanchas que pasaban a comprar la pesca. Esto era fácil, pues se trataba de tejidos primorosos bellamente realizados.
Pero éste era un trabajo de las horas libres. En cambio, casi diariamente, sobre todo con la marea baja, las mujeres salían con los niños a recoger mariscos en la Costa.
Provistos, mujeres y niños, de un canasto circular de mimbre, caminaban a lo largo de las playas y los roqueríos buscando cholgas, almejas, choritos, erizos y también jaibas. Desgraciadamente no había ostras como en otras partes de la isla. Con los canastos llenos volvían horas después caminando lentamente hacia las casas.
En La pieza grande de la casa de don Pedro se habían reunido casi todos los hombres del caserío. Había de todas edades, dos muy jóvenes y uno muy viejo, conversaban lentamente y de vez en cuando bebían un vaso de chicha de manzana. Aunque el mar no estaba muy próximo, podía oírse, como una música de fondo, el ruido constante y acompasado del oleaje.
El tema de su charla era la próxima faena. Saldrían a pescar de anochecida y sería una tarea larga y de riesgo; pensaban llegar lejos, quizás hasta la isla Chulin, en busca de jurel, róbalo y corvina. No todos participarían en la pesca, otros saldrían por la costa buscando mariscos. Lo importante era tener un acopio suficiente cuando en dos o tres días más, como esperaban, la lancha que venía del norte pasara a buscar sus productos.
Deseaban salir porque la pesca sería buena. Durante la noche anterior estaban seguros de haber visto a La bella Pincoya que, saliendo de las aguas con su maravilloso traje de algas, había bailado frenéticamente en la playa mirando hacía el mar. A la mañana siguiente se habían encontrado mariscos dejados por ella en La arena. Todo esto presagiaba una pesca abundante y los hombres estaban contentos.
No todos saldrían porque, como siempre, don Segundo, el hombre mayor, se quedaría en tierra. Iría a buscar leña. Le gustaba entrar en el bosque para cortar los árboles, pues no le temía al pequeño y horrible trauco, este ser chico y desagradable que iba siempre armado de un toki, tenía una enorme fuerza y podía torcer a un hombre a la distancia con solo mirarlo. En todo caso no se acercaría a las plantas de murta que atraían al trauco. Prefería ir él, porque si hubiera ido una mujer o una muchacha algo habría podido suceder; para ellas el trauco era irresistible.
No sólo eso, arreglaría o remendaría, con tesón y paciencia, los barcos dañados o las redes destruidas, ayudaría a las mujeres en los trabajos del campo o a cuidar los animales, pero no navegaría en el mar.
Uno de los jóvenes le preguntó: "Usted, don Segundo, ¿por qué no se embarca? Usted conoce más que cualquiera las variaciones del tiempo, el ritmo de las mareas, los cambios del viento, y sin embargo, permanece siempre en tierra sin adentrarse en el mar". Se hizo un silencio, todos miraron al joven, extrañados de su insolencia, y el mismo joven, abismado de su osadía, inclinó silencioso la cabeza sin explicarse por qué se había atrevido a preguntar.
Don Segundo, sin embargo, parecía perdido en un ensueño y contestó casi automáticamente: "Porque yo he visto el Caleuche."
Dicho esto pareció salir de su ensueño y, ante La mirada interrogante de todos, exclamó: "Algún día les contaré".
Meses después estaban todos reunidos en la misma pieza. Era de noche, y nadie había podido salir a pescar; llovía en forma feroz, como si toda el agua del mundo cayera sobre aquella casa. El viento huracanado parecía querer arrancar las tejuelas del techo y las paredes, y el mar no era un ruido lejano y armonioso sino un bramido sordo y amenazador.
El fogón encendido daba calor a los hombres, pero no hacía olvidar el ruido de la lluvia y el silbar de la tormenta, no conseguía disipar esa sensación mágica de que en aquella noche andaban sueltos todos los seres fantasmagóricos.
A la distancia sonó prolongadamente un chivateo lejano y un estruendo en la costa como de un barranco al hundirse, y uno exclamó: "Debe ser un Camahueto llegando hasta el mar". Todos pensaron de inmediato en el monstruo grande como un ternero con un solo cuerno en medio de La frente, con cuyas raspaduras se fabrica, una pócima que da una fuerza excepcional. El Camahueto se cría en las lagunas y en los pantanos y, después de desarrollarse durante muchos años, una noche se dirige con ímpetu incontenible hacia el mar.
No era una noche tranquila, la luz vacilante del mechero proyectaba sombras cambiantes y los hombres permanecían silenciosos.
Don Segundo habló de improviso y dijo: "Ahora les contaré. . ." Su relato contenido durante muchos años cobró una realidad mágica para los que le escuchaban curiosos y atemorizados.
Hace mucho tiempo había salido navegando desde Ancud con el propósito de llegar hasta Quellón. No se trataba de una ,embarcación pequeña, sino de una lancha grande de alto bordo y sin embargo fácil de conducir, con dos velas que permitían aprovechar al máximo un viento favorable. Era una lancha buena para el mar y que había desafiado con éxito muchas tempestades.
La tripulación cinco hombres además de don Segundo, y el capitán era un chilote recio, bajo y musculoso, que conocía todas las islas y canales del archipiélago, y de quien se decía que había navegado hasta los estrechos del sur y había cruzado el Paso del Indio y el Canal Messier.
La segunda noche de navegación se desató la tempestad. "Peor que la de ahora", dijo don Segundo. Era una noche negra en que el cielo y el mar se confundían, en que el viento huracanado levantaba el mar y en que los marineros aterrorizados usaban los remos para tratar de dirigir la lancha y embestir de frente a las olas enfurecidas.
El mar, que es el sustento y la aventura del chilote, que forma parte de su vida, y es su amigo, se había transformado en un ser extraño y hostil que no conocía la piedad y que quería destruir a esos osados que lo surcaban.
Habían perdido la noción del espacio y del tiempo y empapados y rendidos encomendaban su alma, seguros de morir.
No obstante, la tormenta pareció calmarse y divisaron a lo lejos una luz que avanzaba sobre las aguas. Fue acercándose y la luz se transformó en un barco, un hermoso y gran velero, curiosamente iluminado, del que salían cantos y voces. Irradiaba una extraña luminosidad en medio de la noche, lo que permitía que se destacaran su casco y sus velas oscuras. Si no fuera por su velamen, si no fuera por los cantos, habríase dicho un inmenso monstruo marino.
Al verlo acercarse los marinos gritaron alborozados, pues, no obstante lo irreal de su presencia, parecía un refugio tangible frente a la cierta y constante amenaza del mar.
El capitán no participó de esa alegría. Lo vieron santiguarse y mortalmente pálido exclamó: "¡No es la salvación, es el Caleuche! Nuestros huesos, como los de todos los que lo han visto, estarán esta noche en el fondo del mar".
El Caleuche ya estaba casi encima de la lancha cuando repentinamente desapareció. Se fue la luz y volvió La densa sombra en que se confundían el cielo y el agua.
Al mismo tiempo volvió la tempestad, tal vez con mas fuerza, y la fatiga de los hombres les impidió dirigir La lancha en el embravecido mar, hasta que una ola gigantesca La volcó. Algo debió golpearlo, porque su último recuerdo fue la gran ola negra en La oscuridad de La noche.
Despertó arrojado en una playa en que gentes bondadosas y extrañas trataban de reanimarlo. Dijo que había naufragado y contó todo respecto del viaje y La tempestad, menos las circunstancias del naufragio y La visión del Caleuche. De sus compañeros no se supo mas y ésta es la primera vez que la totalidad de la historia salía de sus labios.
"Por eso es que no salgo a navegar. El Caleuche no perdonará haber perdido su presa, que exista un hombre vivo que lo haya visto. Si me interno en el mar, veré aparecer un hermoso y oscuro velero iluminado del que saldrán alegres voces, pero que me harán morir."
Todos quedaron silenciosos y pareció que entre el ruido de la lluvia y el viento se escuchaba más intenso el bramido de las olas. No obstante la creencia de don Segundo de que la visión del Caleuche significa una muerte, segura, hay personas en la Isla Grande que afirman que han visto o conocido a alguien que vio el Caleuche. Tal vez sólo lo hicieron desde la costa y no navegando.
En todo caso, los que navegan entre las islas, del archipiélago durante la noche lo hacen con el profundo temor de divisar el hermoso y negro barco iluminado. Este puede aparecer en cualquier momento, pues navega en la superficie o bajo el agua; de él surgen música y canciones. Entonces la muerte estará muy cerca y el naufragio será inevitable.
Los que no perezcan pasarán a formar parte de la tripulación del barco fantasma, El Caleuche.
La Llorona
Aproximadamente en el año 1800 llegó a la villa de San José de Maipo, desde Santiago, acompañada por su esposo y sus
hijos, una mujer llamada Norma. San José era un pequeño y tranquilo poblado en el que vivían unas pocas familias campesinas y los mineros del yacimiento de San Pedro Nolasco. Norma y su familia se instalaron en una pequeña casita cerca del río, en lo que hoy llamamos “Camping del Río”. Allí, como cualquier mujer de la época, se dedicó a criar a los hijos y a plantar y cuidar su huerto, mientras su marido trabajaba en la mina y se aparecía muy de vez en cuando por casa. Se sabe, sin embargo, que la soledad, la paz, suele hacer surgir desde lo más hondo de la psique humana aspectos desconocidos y a veces siniestros de la personalidad. Eso fue lo que aconteció con Norma
El tiempo pasaba. Ella no lo notó al principio, pero de pronto un día se dio cuenta que su marido cada vez venía menos a casa. Comprendió que su ausencia se debía al mucho trabajo que él tenía, pero eso no la consoló. La mujer entristeció al principio, mas quizás qué defensa interior oculta hizo que se fuera poniendo cada vez más agresiva, y nadie sabe cómo, terminó mezclándose en magia negra. Esto último fue la gran noticia-copucha que comenzó a rumorearse por esos días por San José, que la tal Norma que vive cerca del río practica la magia negra y todo tipo de asuntos raros con el fin de dominar a las personas. Se decía que cuando sus hijos se dormían, ella iba río arriba, hacia el sur, y sacrificaba guaguas al mismísimo Satanás, a quien también se ofrecía en cuerpo y alma. Asimismo, contaban que encendía una hoguera y cumplía extraños ritos con los animales.
Fue un largo tiempo el que pasó mientras Norma se dedicaba a sus oscuras actividades y su esposo no se aparecía, hasta que un buen o mal día, éste llegó de visita. Antes de ir a casa, en un lugar de mal beber, se puso al tanto de todas las atrocidades que se rumoreaban sobre su mujer. Cuando llegó al hogar a orillas del río conversó con ella, pero ésta negó todo. Sin embargo, la intranquilidad ya se había apoderado del corazón del hombre. Por eso, un día, después de que su mujer se levantó a medianoche, él la siguió hacia el lugar donde practicaba sus ritos oscuros, y vio, con horror, cómo quemaba unos bebés en la hoguera y luego se entregaba a juegos prohibidos con un macho cabrío negro de ojos rojos mientras invocaba al Señor de la Oscuridad.
Presa del pánico, el esposo huyó del pueblo junto a sus hijos esa misma noche, antes de que su mujer regresara, al amanecer. Nadie lo vio desaparecer y nunca más se supo de él. En cuanto a Norma, cuando volvió a casa y no encontró a sus hijos, enloqueció de pena, gritando de rabia y dolor. Sus gritos fueron tan desgarradores y fuertes, que hasta los mismos demonios que vagan constantemente por la tierra para aquejar a los seres humanos, se espantaron al oírla. Y sucedió que después de los lamentos, la piel de Norma se secó y su cuerpo se marchitó, y comenzó a llorar de una forma horrenda y escalofriante por siempre jamás.
La gente que salía a altas horas de la noche contaban que oían a una mujer llorar a lo lejos. Unas pocas personas que en aquellos tiempos la pudieron ver, luego enloquecieron, gritando que habían visto un cadáver caminar flotando por el aire, hirviente de gusanos y envuelto en jirones de ropa manchada de sangre negra. También gritaban que el espectro de esa mujer preguntaba con lastimera voz por sus hijos, tragándose el alma de aquel que le respondiera. Por eso, todos huían de ella En aquellos tiempos fue cuando se la bautizó como la Llorona, mujer de la noche, tragadora de almas.
La gente comenzó a temerla, y cuando se escuchaba su llanto se cerraban las puertas y ventanas de todas las casas. Pero algo bueno debe tener su espíritu, pues se dice que si alguien tiene pacto con el diablo no puede sufrir daño por ella, porque huye, sin querer mezclarse con Satanás, ya que de él vendría toda su desgracia, que se inició el día en que ella lo prefirió ante la ausencia de su esposo.
Otra forma de hacerla huir es gritarle su nombre –Norma-, y entonces ella se esfuma. También se dice que la Llorona busca raptar niños para absorberles el alma y dejar sus cuerpos tirados cerca del río o en los cerros
Los gnomos son seres de aproximadamente entre 25 y 30 cm de estatura, claro, los hay de más estatura, pero la mayoría entran en el promedio que antes te mencioné.
Los gnomos gustan de salir por las noches especialmente, puesto que se dice que la humanidad ha sido tan mala con ellos que han tenido que esconderse de ella, al igual que los elfos, hadas, etc.
Los gnomos viven en sociedad, pocas veces se puede encontrar a un gnomo, y mucho menos andando solo. Para ellos es muy importante la cordialidad y la convivencia. Puede que hablen un idioma o dialecto diferente a nosotros, no siempre les vamos a entender puesto que no todos hablan nuestro idioma.
Claro que existen. Pero por ser energías, muchas veces se manifiestan, y pocas se aparecen.
Si te encuentras a uno, serás muy afortunado. Con pocas personas les gusta convivir, por seguridad propia.
